Crónica del Certamen de Arte Contemporáneo Ciudad de Utrera

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Reportero: José Fernández (de los Fernández de toda la vida)

Como ya viene siendo costumbre desde hace muchos años, en mayo (mes mariano y floral tan lleno de vicios y usanzas como ningún otro), políticos, gafapastas y gorrones se dan cita en la apertura de la exposición del Certamen de Arte Contemporáneo Ciudad de Utrera. En calidad de intelectualoide, artistilla plástico y plasta y corresponsal de Utrera Today, me colé en la ceremonia de inauguración de la trigésimo novena edición sin ser invitado. Fue fácil eludir la seguridad, aunque no tanto descender por los bajantes de la Casa de la Cultura desde su tejado hasta el primer patio (luego comprobé que el esfuerzo y los rasponazos habían sido inútiles, puesto que el acceso era libre y podía haber entrado tranquilamente por la puerta).

Los asistentes, casi siempre los mismos todos los años, según me contaron, a excepción de algún que otro descarriado artista conceptual, sufrimos en silencio y con verdadero escozor las palabras de la concejala de la cosa. Palabras hueras a mi parecer, pues destacaban un compromiso con el arte contemporáneo que Utrera realmente no ha tenido nunca. A continuación, entramos en la sala de exposiciones, en donde pudimos deleitarnos con las obras adquiridas por el Ayuntamiento y con otras que, por su valor e interés artístico, también merecían ser expuestas.

Quiero abrir ahora un pequeño paréntesis para hacer un llamamiento general a los visitantes de la exposición: señores aficionados, ya basta de plantarse delante del extintor de la sala de exposiciones y mirarlo concienzudamente, haciéndonos creer al resto de los presentes que lo han confundido con una perturbadora obra artística, desacreditando de esta manera tan burda a las verdaderas obras allí reunidas. Qué fácil es hacer chanza del arte contemporáneo, ¿verdad? Con qué ligereza afirman muchos: «Eso lo hace mi hijo de cinco años». Pues yo le digo al más bragado de estos individuos, le espeto en toda su cara de mueble bar: «¡Un mojón para ti, inmundo ciudadano, y otro para tu hijo! Bueno, para tu hijo no, que él si sabe de arte. ¡Un mojón para ti y otro para tu cuñado, otro que mejor baila!». No quisiera ensuciar esta inmaculada crónica, sin pecado concebida, explicando conceptos como originalidad, autenticidad y escasez, aunque más de un energúmeno de éstos se lo merezca.

¡Un mojón para ti, inmundo ciudadano, y otro para tu hijo! Bueno, para tu hijo no, que él si sabe de arte. ¡Un mojón para ti y otro para tu cuñado, otro que mejor baila!

Después de despacharme a gusto (nada más isotónico y español que desollar al prójimo), retomo la crónica en el punto mismo en que la había dejado: al cabo de media hora mirando cuadros, fotos y alguna escultura que otra, pasamos a un patio interior con soportales, en donde los organizadores del evento tuvieron la gentileza de agasajarnos con un piscolabis. Para hacerme una idea más exacta de lo que había visto en la sala de exposiciones, pregunté a un reputado crítico, que masticaba a dos carrillos un gran trozo de tortilla, sobre el nivel artístico del certamen de este año. «Excelente, mucho mejor que el del año pasado: muy buen servicio, buena chacina y cerveza en abundancia», me contestó chino chano. De arte no hablamos en ningún momento.