Crónica metalera donde se cuenta la industria que nuestro reportero tuvo con unas calabazas, un ejército de calvos, varios tunos y de otros sucesos tan ridÃculos como verdaderos.
El director de UT, harto de mi actitud bartlebiana (a cada encargo le espetaba yo un «PreferirÃa no hacerlo» como la copa de un pino y me quedaba tan pancho, je, je, je), se presentó en mi casa y me encontró apoltronado en el diván, tumbado a la bartola, enfundado en mi raÃdo batÃn oriental (el sagaz lector se preguntará quién abrió la puerta para que el director me encontrase apoltronado en el diván, enfundado en un batÃn oriental, viviendo, como vivo, solo. Quizá deberÃa, en beneficio propio, responder a esa incoherencia narrativa que tantas dudas siembra sobre mi profesionalidad, pero preferirÃa no hacerlo).
—¿Qué hace ahà desparramado sobre el diván? ¿Se cree usted el rentista Oblómov? ¿No le he dicho que tiene que realizar esta noche la cobertura informativa del concierto de Helloween y Obús en Chiclana? ¡Levántese ya, que va a llegar tarde! —dijo indignado el director—. Y, por Dios, ¿no puede cerrarse el batÃn de cintura para abajo? ¡Le estoy viendo los huevos mientras hablo con usted!
Me puse en pie rápidamente y traté de recomponer el batÃn para tapar mis partes pudendas y ocultarlas a las posibles miradas lascivas del director. Fue inútil. Lo de cerrar el batÃn, digo.
—No lo entiendo, señor director: este batÃn, por eso de ser oriental, parece que tiene la extraña propiedad de no poder cerrarse de cintura para abajo —me excusé.
—Bueno, olvÃdelo. Preséntese en este sitio ataviado de heavy —me acercó un papel con una dirección—; un vehÃculo lo recogerá para llevarlo al concierto. Y recuerde ponerse una peluca larga: quiero que se mimetice con el entorno cual tigre en olivar de gordal.
—Con todo respeto, señor director, ¿es del todo imprescindible la peluca, hace un calor espantoso?
El director extrajo su teléfono móvil del bolsillo.
—Mire, es una noticia de El Mundo Today: «Los heavys que se queden calvos no podrán seguir ejerciendo, según el Colegio de Heavys de España. Los heavys que pierdan su melena y, por tanto, su número de colegiado, tendrán que entregar sus camisetas negras, sus collares de pinchos y chaquetas de cuero». Si no se pone la peluca, corre el riesgo de que en el torno de entrada al recinto, delante de todo el mundo, le confisquen sus trastos de heavy.
—Señor director, El Mundo Today es una publicación satÃrica.
—Y Utrera Today es una publicación local. No me venga usted con jerarquÃas.
Llegué al lugar indicado a la hora indicada y sin apenas sudar, lo que en mi caso constituye menos una proeza fÃsica que una declaración de principios: me opongo a la transpiración; el sudor es la mayor estafa de este siglo. Como dejó escrito Malévich, la pereza es la verdad efectiva del hombre, y socialistas y populares no discuten otra cosa que quién tiene derecho a ella. Malévich pintó un cuadro negro; yo hubiese entregado esta crónica totalmente en blanco.
Enfundado en mi raÃda camiseta de Necrophiliac, me repantigué sobre el diván de la autocaravana dispuesto a seguir practicando el oblomovismo con el rigor que la disciplina exige. Pero ¡ay, ingenuo de mÃ, qué sorpresa me deparaba el destino en aquella caravana del infierno! Al cabo de unos minutos se presentó el resto de los viajeros que me acompañarÃan al concierto. Rápidamente, nos pusimos en marcha. Poco después de iniciada la ruta, uno de ellos me dijo (la confianza da asco):
—TÃo, ¿esa camiseta de Necrophiliac no cierra de cintura para abajo? Te estamos viendo los huevos mientras hablamos contigo.
—No sé qué ocurre —me disculpé consternado—. Esta camiseta, por eso de ser oriental, o sea, comprada en los chinos, tiene la extraña propiedad de no cerrar de cintura para abajo.
—Bueno, olvÃdalo. Quillo —se volvió hacia el otro acompañante—, vamos a cantar, ¿no?
Por arte de birlibirloque, sacaron de debajo de sus respectivas camisetas (que no eran orientales y cerraban bien de cintura para abajo) una pandereta y una bandurria, y comenzaron a entonar al unÃsono, una tras otra, las canciones de Helloween, atacando el repertorio completo. ParecÃan una tuna que hubiera sufrido algún tipo de esguince.
El cronista, que no tiene un pelo de tonto, ni de listo tampoco, porque además de ser calvo, barbilampiño y meco, se rasura el vello corporal, notó desde primera hora que el entusiasmo de la tuna calabacera excedÃa con creces lo que el decoro aconseja para este tipo de viajes. Sin duda, el señor director habÃa servido su venganza en plato frÃo. Quizá lo único frÃo que habÃa en aquel ambiente viciado y vicioso. La sorpresa mayúscula la dio el de la pandereta cuando interpretaban «Future World»: se dispuso a ejecutar el baile de bandera y pandereta, en un estilo urbano más que cuestionable, revolcándose y contorsionándose por el suelo de la autocaravana.
La música ha sido un poderoso instrumento de tortura y persuasión a lo largo de la historia, y las canciones utilizadas por la CIA para doblegar la voluntad de los prisioneros están bien documentadas. Incomprensiblemente, la agencia de inteligencia estadounidense nunca incluyó en su repertorio una versión de «Hey Lord!» a bandurria, pandereta y voces de barÃtonos. De haberlo hecho, el mundo serÃa hoy un lugar más pacÃfico y considerablemente más mudo.
“Si la CIA hubiera empleado canciones como “Hey Lord” para doblegar la voluntad de los prisioneros el mundo serÃa hoy un lugar más pacÃfico“.
Llegamos a nuestro destino pasadas las nueve. Mi peluca larga, adquirida en el mismo establecimiento oriental que la camiseta, se habÃa desplazado durante el viaje. Fruto de su propia desesperación, habÃa sufrido ella también un esguince, de modo que entré en el concierto con una sensible cojera en la cabeza. Nos dirigimos todos directamente a la barra.
—Quillo, cántale al camarero la de «I Want Out» —propuso el de la pandereta al bandurrista.
El camarero, hombre de mundo, no pestañeó: se limitó a señalar un cartel que ponÃa «Se prohÃbe el cante» y a mirarme a mÃ, al de la camiseta oriental de Necrophiliac que no cierra por abajo y la peluca esguinzada, como si yo fuera la Muerte, que venÃa a visitarlo.
Por obra del diablo, alguien tuvo la brillante idea de pedir otra ronda en nuestra presencia. Debo aclarar, para el lector no versado en ordenanzas tunescas, que «ronda» es palabra de doble filo: en la barra designa una tanda de consumiciones; en la tuna, una salida nocturna a cantar bajo los balcones ajenos. El de la bandurria no dudó ni un instante sobre cuál de las dos acepciones era la invocada, asà que agarró de la peluca al de la pandereta (me enteré entonces de que también era calvo) y se fueron a buscar balcones ajenos bajo los que cantar.
La gente congregada en la pista resultó ser la más educada que este cronista ha tenido el gusto de empujar en los últimos años. Nadie se rio de mi peluca. Nadie me miró los huevos. Un señor se ofreció, sin yo pedÃrselo, a explicarme la diferencia entre el heavy melódico y el otro, el bueno, según él.
Obús salió primero y puso el recinto del revés (¿o fue Fortu, con su habitual socarronerÃa, quien se puso del revés?); Helloween lo puso de nuevo al derecho. Hubo pirotecnia, hubo coros, hubo otro señor que se ofreció, sin yo pedÃrselo, a explicarme la diferencia entre el heavy y el heavy melódico, el bueno, según él.
Y hubo, cómo no, un momento en que, en medio de la pista, el de la pandereta sacó la pandereta y el de la bandurria, la bandurria, cansados ya de recorrer el recinto entero sin encontrar un solo balcón ajeno bajo el que cantar.
Quiero que conste en acta que fueron los propios asistentes quienes le hicieron el corro. Que le jalearon. Que, cuando terminó el baile de bandera y pandereta —en un estilo urbano más que cuestionable, revolcándose y contorsionándose indecorosamente por el suelo del recinto, en pleno bis de Helloween—, unos cuarenta heavies de Chiclana, Cádiz y Utrera (se echó en falta al Melenitas del Matadero, aunque sà estuvieron presentes MacReady, Pingüi y Cara de Cuero Jiménez) aplaudieron a rabiar y pidieron otra. El cronista, apoyado en una valla, se quitó la peluca y comprendió entonces que habÃa estado equivocado toda la noche: la tuna no era el castigo. La tuna era la noticia.
Volvimos de madrugada.
A las nueve de la mañana, el director me llamó por teléfono.
—¿Y bien? ¿Tiene ya la crónica del concierto?
—La tengo, señor director.
—¿Y habla de Helloween y de Obús?
—Habla de una pandereta.
Hubo un silencio largo al otro lado, como si el teléfono hubiese sufrido un esguince.
—Vuelva usted mañana a la redacción y lo hablamos. Y póngase unos pantalones, por el amor de Dios.
—PreferirÃa no hacerlo.
NOTA DEL DIRECTOR: Durante el almuerzo dominical con los accionistas del periódico varios de ellos me preguntaron si hoy publicarÃa una nueva crónica en el apartado “Metal en la Campiña”, sección en la que inexplicablemente parecen haber depositado grandes esperanzas de cara a atajar la actual sangrÃa de suscriptores: “PreferirÃa no hacerlo”, fue mi lacónica repuesta.
