Aún no hay confirmación oficial sobre la candidatura de Donald Trump a las municipales de 2027.
A menos de un año vista de las elecciones municipales, ya se observan algunos movimientos en el tablero político local que inducen a pensar que en Utrera Today tendremos que trabajar más de lo deseado: en septiembre, sin ir más lejos, el PSOE padecerá la celebración de unas elecciones primarias para elegir candidato a la alcaldía; en octubre, no sabemos aún —no somos superpronosticadores—, pero a buen seguro que habrá algo que me levante de la silla y me distraiga de mis habituales quehaceres periodísticos: hurgarme la nariz y contar folios en la redacción.
—¡Fernández! —el director entró de hoz y de coz en la redacción con su acostumbrado trote cochinero—, llame a la Alcaldía de toda la vida y concierte una entrevista con Curro Jiménez. Parece que nos espera un año duro y quiero ir adelantando faena. El inventariado de folios queda en suspenso hasta nueva orden. En cuanto a su nariz, Gutiérrez le echará una mano con la limpieza. Vamos, no pierda el tiempo.
Francisco Jiménez Morales fue alcalde de Utrera durante doce años bajo las siglas del Partido Andalucista. Tras el hundimiento de aquella formación, pasó por Juntos x Utrera y regresó a la alcaldía en 2023 encabezando la candidatura del Partido Popular. Una trayectoria que podría parecer ideológicamente accidentada si el propio Jiménez no hubiera formulado, con involuntaria precisión hostelera, el eslogan publicitario definitivo para el bar Pino: «El caracol nunca olvida su casa».
El primer edil me recibe en su despacho del Ayuntamiento. Está comiéndose un plátano y me ofrece su culito (el del plátano, me imagino).
CJ: ¿No quiere? Bueno, lo dejaré aquí sobre la mesa por si después le apetece.
UT: Usted llegó a decir en cierta ocasión que anteponía ser andalucista a ser andaluz, porque andaluz se nace, mientras que andalucista se hace. Sin embargo, ahora se declara un ferviente liberal. ¿Quiere decir que el capitalismo global ha conseguido por fin lo que parecía imposible: dejar sin casa (Heimatlosigkeit) hasta a los caracoles?
CJ: En absoluto. En parte sigo pensando lo mismo: hoy, para mí, es más importante ser liberalista que liberaluz.
UT: ¿Liberaluz?
CJ: Sí. Liberalista por convicción y liberaluz por nacimiento.
UT: Su propia trayectoria de servidor público permite además plantear una cuestión más amplia. ¿No demuestra precisamente que el andalucismo político había perdido buena parte de su razón de ser?
CJ: No lo creo. Hasta que se abre la urna, mi votante está simultáneamente votando al PA y al PP. Es una superposición cuántica que ya explicó a la perfección Erwin Schrödinger, aunque nunca he entendido por qué recurrió a un gato para ilustrar su paradoja. «El votante de Schrödinger» me parece un concepto mucho más útil para la física y la ciencia política. El problema, por tanto, no está en el votante, sino en el observador. Aplicado a nuestro caso, son los miembros de la Mesa electoral quienes, al proceder al escrutinio, provocan el colapso de la función de onda y se empeñan en contabilizar como votos del PP lo que, en un nivel más profundo de la realidad, siguen siendo votos andalucistas.
“La paradoja del votante de Schrödinger formula que es la propia Mesa electoral quien al proceder al escrutinio contabiliza como votos del PP aquellos que a nivel subatómico son votos andalucistas“
UT: O sea, que el andalucismo político es cuántico.
CJ: ¡Cuántico será su director! Yo soy un andalucista con mayoría absoluta, que es un estado de la materia condensada bastante más estable.
UT: Entonces, ¿el Partido Andalucista no desapareció?
CJ: No. Simplemente dejó de ser observable.
Pese a la grotesca contracción de sus descarnados bucinadores, a la angustia existencial de sus gafas y a su afligida corbata, no parece un hombre atormentado por la contradicción. Al contrario: tiene el sano aspecto de quien cree que la luna no existe.
UT: De acuerdo. Dejemos al PA en su estado subatómico y pasemos a un fenómeno bastante más observable: el resurgir entre los jóvenes andaluces de un sentimiento identitario que rara vez se había mostrado con tanta insolencia. El habla, el flamenco, la Virgen, la feria, el compás, la estética popular, antes motivos de caricatura, se exhiben ahora con el desparpajo militante de un sifón. ¿Ve detrás de todo eso un verdadero resurgir identitario o una respuesta reactiva y resentida a esa pérdida del hogar?
CJ: Disculpe, me he perdido. No estoy acostumbrado a que en el Pleno me planteen cuestiones tan complejas.
UT: Quiero decir si considera fenómenos tan distintos como Califato 3/4, La Plazuela o Adelante Andalucía síntomas de recuperación de lo andaluz.
CJ: Bah. Un puñado de nostálgicos de la conciencia de clase. La izquierda siempre ha tenido una relación bastante problemática con la cultura popular. O la miraba por encima del hombro o intentaba corregirla. Tiene esa vieja costumbre paternalista de considerar que el pueblo necesita que alguien le explique qué debe sentir, qué debe pensar y, sobre todo, de qué tiene que emanciparse.
UT: Una manera bastante eficaz de imposibilitar la agencia del pueblo mientras se afirma estar emancipándolo.
CJ: Exactamente. Al final, de tanto liberar al pueblo, no lo dejan hacer nada solo.
UT: Pero ahora parece que es distinto. Ahora da la impresión de que, por una vez, la política va detrás de la cultura y no al revés.
CJ: No me imagino yo a Teresa Rodríguez de mantilla en una rave.
UT: La tradición pierde sentido si nada la desafía o modifica.
CJ: Una cosa es subvertir la tradición y otra muy distinta reinventarse el pasado. ¿O acaso llamar arbonaida a la bandera andaluza no es, de algún modo, convocar a un al-Ándalus mitológico?
UT: Toda identidad se inventa un poco el pasado que necesita y elige con bastante cuidado a los muertos que le convienen.
CJ: Entonces no estamos hablando tanto de recuperar una tradición como de fabricar una genealogía.
UT: O de buscar en el pasado los futuros que se quedaron por el camino.
CJ: ¿Qué quiere decir? ¡Un momento, no me conteste todavía! ¿Es un bichichi lo que le asoma de la nariz?
UT: Ah, lo siento, alcalde —dije, acharado, llevándome instintivamente un dedo a la napia—. Estoy abrumado de trabajo y no me ha dado tiempo a limpiármela con el esmero que precisa.
CJ: ¡Quite, quite, hombre, que lo empeora! Usted tiene los dedos demasiado gordos. Déjeme a mí… Eso es. Ya está. Continúe.
UT: Decía que quizá todo esto demuestre que seguimos perseguidos por futuros que alguna vez parecieron posibles y nunca llegaron a realizarse. El andalucismo de los setenta y ochenta prometía una Andalucía que no tuviera que elegir entre convertirse en una provincia folclórica de España o imitar a Madrid con años de retraso; aquella promesa acabó naufragando, y ahora algunos jóvenes parecen estar recogiendo los pecios de aquel futuro para construir otra cosa con ellos.
CJ: Sí, un pastiche identitario hecho con retales del pasado y complejos del presente.
UT: Hablando de futuros posibles: Alex Karp sueña con reconciliar el poder del Estado con el de las grandes empresas tecnológicas. ¿Se imagina una Utrera gestionada por algoritmos, indicadores de rendimiento y un CEO?
CJ: ¡Eso sí que no se lo consiento! —se levantó de un respingo y, no hallando a mano adversario de mayor entidad, le soltó un manotazo a la cáscara de plátano—. Le he ofrecido plátano, le he limpiado la nariz con mis propios dedos, ¿y así es como me lo agradece? ¡Nombre y cargo!
UT: José Fernández, jefe de la Unidad de Gestión Foliométrica —respondí, cuadrándome en la silla.
CJ: ¿José Fernández, de los Fernández de toda la vida? —asentí con la cabeza—. A ver… Jo-sé Fer-nán-dez —repitió mientras lo anotaba con enorme aplicación en una libreta de cuadritos, sacando la lengua por una comisura y deteniéndose en cada sílaba para comprobar que no faltaran letras—. Fernández lleva tilde en la «a», ¿verdad?
UT: En la «a» no. En la «f».
CJ: Lo sospechaba —asintió gravemente y puso una tilde encima de la efe—. Es que yo soy de ciencias.
Le presenté la entrevista al director con el entusiasmo de una motocicleta. Me miró de arriba abajo con cierto aire de desagrado. Pensé en un primer momento que el alcalde no se habría esmerado demasiado en la limpieza de mi nariz; pero no, se trataba de otra cosa.
—¿A quién ha entrevistado usted, Fernández? —suspiró, con la resignación de quien acepta la derrota de antemano.
—Pues al alcalde. ¿A quién va a ser? Ayer mismo.
—Imposible. Esta mañana he hablado con él por teléfono y me ha asegurado que nadie lo entrevista desde hace años. Es más, me ha reprochado el escaso interés que despierta en nuestro periódico, cosa que considera incomprensible, puesto que, según sus propias palabras, representa como nadie la estabilidad institucional, la experiencia de gobierno y no sé cuántas cosas más. ¡Y que no hay algoritmo ni indicador ni qué niño muerto que superen su gestión! Estaba hecho un basilisco. Parecía un buzo.
—Pues yo estuve con él casi una hora.
—El alcalde dice que no.
Me quedé mirando la grabadora, después al director y finalmente a mis zapatos, por si había quedado adherido algún resto de culito de plátano que pudiera aportar como prueba. Entonces lo comprendí.
—Ya está. Le he hecho la entrevista a un alcalde cuántico.
Al director le dio un vahído.
—Ahora lo tengo claro, señor director: hasta que usted ha llamado esta mañana, Jiménez se encontraba simultáneamente entrevistado y sin entrevistar. Su llamada ha colapsado la función de onda.
—Lo que voy a colapsar es su gañote.
